INTRODUCCIÓN
La aventura de un pequeño Dios surgió de mi mente con la fuerza de un rayo de luz en medio de la oscuridad.
Expresarla fue tan espontáneo, como la sonrisa de un niño.
Cuando empecé a escribir su historia, fui invadida por una sensación de complicidad como si de mí misma se tratara. Esa sensación fue lo que hizo posible que compartiese con el pequeño Dios su triunfo.
De su aventura, lo que más me conmovió fue su amor, ya que en ella, no hallé ni vencedor ni vencido, pero comprendí que cada uno de nosotros somos poseedores de ese amor. Y solo a través de él,
el ser humano encontrará la paz.
Amàlia Casajoana
15/12/92
LA AVENTURA DE UN PEQUEÑO DIOS
Olvidé su rostro, su nombre,
olvié quien era...
La soledad es el estado más adecuado para encontrar el compañero que habita en ti. Él es silencioso, solo puedes oírle al través del sentimiento. Y permanece unido a la fuente creadora que le dio la vida: Dios.
El pequeño Dios quiso descubrir por sí mismo todo lo que era: y en Él estaba todo, para experimentarlo creó su cuerpo físico.
Su deseo era: despertar la Conciencia a través de sus vivencias y llegar a ella por su libre voluntad. Para que fuese posibles entró en la materia y con ella, al paréntisis del olvido así no recordaría quien era hasta su reencuentro.
¡¿Por dónde empezar?!
El pequeño Dios, a pesar de su letargo, seguía siendo Dios, pero... Como el gusano que no sabe que también es mariposa, el pequeño Dios olvidó quien era y quedó atrapado en la materia. Desarrolló los sentidos, pero no se sintió completo y buscó otros alicientes.
De su mente creadora, surgió su ego, una fantasía que llegaría a creer como real.
El astuto ego, aprovechó esta confusión del pequeño Dios para apartarle cada vez más de su Realidad. Así el pequeño Dios entró en la experiencia de las sensaciones.
Y como un viajero sin rumbo se perdió en ellas, alejándose cada vez más de él mismo.
Aturdido, en un mundo donde nadie recordaba quien era, el pequeño Dios fue una presa fácil para su ego. Éste, se aposentó en su mente ocupando toda su atención; en ese estado de ofuscación el pequeño Dios solo vió la materia y en ella,
encontró la enfermedad, la vejez y la muerte.
Con la muerte, apareció el mejor aliado para su ego, el fantasma del miedo. El pequeño Dios, con un enemigo tan poderoso, actuó cautelosamente.
Pero el pequeño Dios, encontró un corazón endurecido
por el odio, la venganza y los celos.
El trabajo del pequeño Dios sería duro, ya que la mente, solo comprende con el dolor. Y de éste se valió, para ablandarle a través de sus lágrimas su corazón.
Su ego , en su escasa visión, culpó a los demás de sus desgracias y clamó al cielo pidiendo justicia y el cielo le complació:
¡Con el dolor despertaría, y através de él conocería el amor!
El pequeño Dios, en su aventura, experimentó el sentimiento pero no escontró el amor. En el mundo donde se hallaba,
todos hablaban del amor, pero nadie le conocía.
En este caos de sentimientos era fácil que el pequeño Dios se confundiera. Su ego, como siempre, aprovechó las circunstancias. El amor sería para él todo lo que le complaciera; en su ignorancia
solo vió lo superficial y como siempre lo que no era nada se desvaneció.
El pequeño Dios no encontraría el amor hasta que venciera el fantasma del miedo que habitaba en su mente.
Para sintonizar con el amor, era preciso encontrar el equilibrio.
Para ello, el pequeño Dios tenía que cambiar la actitud de su mente, pero aconsejada por su ego, a ésta le sería difícil comprender.
El pequeño Dios, cansado de tanta oscuridad, actuó con más energía para dar luz a su mente. Aprovechó los descuidos del ego para despertar en ella el interés por conocerse.
Hasta que empezó a preguntarse:
¿quién soy? ¿por qué existo?
Y el pequeño Dios como en un espejo se vió reflejado. Reconoció al poderoso y al esclavo, al ignorante
y al culto, al adúltero y al puritano, al héroe y al villano,
todos estaban en Él pero lo había olvidado.
¡Ahora intuía el porqué de su existencia!
A partir de este momento, el pequeño Dios cambió de actitud y entró nuevamente en su mente. La búsqueda de su realidad sería intensa, pero su ego no se lo pondría fácil. Éste luchó para convencerle de que todo era fruto de su imaginación.
La luz del pequeño Dios cada vez daba más claridad a su mente:
y la voluntad la utilizó con toda su fuerza para ayudarle.
La voluntad necesitaba de la constancia,
y ésta se movilizó. Juntas encontrarían el equilibrio.
Pero la duda hizo acto de presencia,
¿cómo podía su mente comprender los razonamientos del pequeño Dios?; para esto era imprescindible tener fe y la fe no se puede ver.
El pequeño Dios no estaba dispuesto a convivir con la duda
y recurrio a la esperanza.
Esta mantendría la luz en su mente. El efímero ego, acustumbrado a la oscuridad, se batió en retirada y en su huída, perdió su poder.
De pronto, sucedió el milagro.
¡Ahora comprendía!
La fe, invisible en la oscuridad, resplandecía en su mente a través de la luz. Por fin el pequeño Dios ¡recordo!
En su aventura, el pequeño Dios perdió la fe en sí mismo. Descuido que su ego utilizó para dominar su mente nombrandose príncipe de las tinieblas. Y en su reinado, creó la confusión, ocultando en la oscuridad el poder que le había arrebatado. Pero el pequeño Dios, llevaba sembrada la semilla del amor en su corazón. La sinceridad de sus lágrimas la hicieron germinar. Y el pequeño Dios pudo experimentar su propia esencia:
¡el Amor!
El pequeño Dios, en su aventura, consiguió su propósito:
ser consciente de su realidad a través de la materia.
Con la certeza de saber quien era, el pequeño Dios regresó a la fuente creadora que le dió la vida.
Amàlia Casajoana
15/12/92