Caminé despacio, sin prisa alguna
que pudiese distraerme de aquel momento.
Llegué sonriente, ¡radiante de felicidad!
Me estaba esperando,
reflejándose en él, una gran serenidad.
Esta vez, ¡al altar de lo eterno!
Desde la luz de la verdad, sin temor alguno
a ser atrapados por el tiempo,
así sellamos para siempre nuestra unión.
Amàlia Casajoana
15/8/16